Por Nahuel Baridon
Toda decisión política tiene un costo y una expectativa de rendimiento. Cuando Rogelio Frigerio resolvió, a poco de asumir, alinear su gobierno con el de Javier Milei y, más tarde, ceder los primeros lugares de las listas legislativas al armado libertario, estaba haciendo una apuesta: que la integración explícita con el oficialismo nacional le iba a redituar, en algún plano, lo suficiente como para compensar el desgaste inevitable de gobernar en un contexto de ajuste. Las cuatro mediciones que Consultora Eje viene realizando en Paraná desde julio de 2024 hasta mayo de este año habilitan, por fin, una pregunta que hasta hace poco solo podía conjeturarse: ¿le está rindiendo la apuesta?
La respuesta, a esta altura, conviene decirla sin eufemismos. No le está rindiendo económicamente, porque la provincia no ha sido beneficiada con obra pública ni con asistencia financiera extraordinaria por su condición de aliada; los gobernadores que han desafiado al gobierno nacional reciben, en los hechos, un trato no muy distinto del que reciben los disciplinados. Y no le está rindiendo políticamente, porque los números, que es de lo que vamos a ocuparnos en esta columna, son inequívocos: el efecto derrame del desgaste libertario ya llegó a Frigerio.
Empecemos por el punto donde la apuesta original tenía más sentido. En diciembre de 2024, en el pico de la luna de miel mileísta, el 45% de los paranaenses esperaba que la economía iba a mejorar y apenas el 29% temía un empeoramiento. Era el momento en que el relato del orden macroeconómico, la baja de la inflación y el ajuste con resultados todavía rendía. Asociarse al ganador parecía la jugada racional. Un año y medio después el cuadro está dado vuelta: solo el 22,7% espera mejoras, mientras que el 49,8% espera empeoramientos. El optimismo no se erosionó, se desplomó.
Lo que la macroeconomía no termina de mostrar en sus indicadores agregados, los hogares lo viven en el bolsillo. Por eso incorporamos por primera vez una pregunta que va a ser de lectura obligada para los próximos meses: ¿se endeuda usted para llegar a fin de mes? El 57,1% respondió que sí. Endeudarse para cubrir gastos corrientes no es endeudarse: es subsistir a crédito. Esa disonancia entre el relato macro y la experiencia microeconómica cotidiana es, como nos enseñó la historia argentina reciente, uno de los corrosivos más eficaces de cualquier apoyo electoral.
En este nuevo escenario la preocupación por la pérdida del trabajo desplazó a la inflación como problema principal: trepó del 27,1% en mayo de 2025 al 39,3% un año después. Y conviene detenerse acá, porque Entre Ríos no es una provincia con grandes industrias dinámicas: el Estado provincial es el principal empleador. Y es precisamente ese sector el que más castigado viene de la gestión Frigerio. Docentes con salarios iniciales por debajo de la línea de indigencia, policías que se ven obligados al pluriempleo —los "poli-ubers" ya son parte del paisaje cotidiano—, estatales con paritarias que corren detrás de la inflación cuando no directamente perforan la canasta básica. El miedo al desempleo no es, en Paraná, una abstracción importada del clima nacional: es la traducción al lenguaje del electorado de una política de ajuste que el propio gobernador eligió aplicar sobre sus empleados.
Sobre ese fondo, la valoración de los tres dirigentes evaluados ofrece el contraste más nítido de toda la serie. La gestión positiva de Milei en Paraná cayó dieciocho puntos en doce meses, del 36,6% al 17,8%. Su imagen negativa alcanzó el 55,4%, el techo histórico de la serie, y el 72,2% pide un cambio de gobierno nacional. Hasta acá, podría leerse como un asunto exclusivamente nacional, una resaca que ocurre lejos de la Casa Gris. Pero es justamente acá donde la apuesta de Frigerio empieza a mostrar la factura.
Porque la gestión del gobernador, que durante los primeros tres cortes de la serie se había mantenido estable e incluso había crecido entre 2024 y mayo de 2025, descalibra el cuadro en la última medición: cae 9,1 puntos en su valoración positiva y, lo que es más significativo, la negativa se duplica en seis meses, del 17% al 35,3%. Por primera vez en la serie, la imagen negativa de Frigerio supera a la positiva. El blindaje provincial, que en la política argentina suele proteger a los gobernadores del ciclo nacional, esta vez no operó. O, más precisamente, no operó porque Frigerio renunció voluntariamente a usarlo.
Hay un dato que merece detenerse. Cuando preguntamos qué política pública le reconocen al gobernador, la respuesta más elegida es "ninguna": el 47,8%, el peor registro de la serie. La reducción del gasto público, que había sido el principal activo simbólico de Frigerio, viene perdiendo peso medición tras medición. El argumento del ajuste dejó de rendir: o se naturalizó —ya no se le atribuye al gobernador sino que se asume como condición de época— o pasó a percibirse derechamente como costo. En cualquiera de las dos lecturas, la consecuencia es la misma: el principal capital simbólico del gobierno provincial se agotó.
La pregunta sobre continuidad o cambio termina de cerrar el cuadro. Frente a Milei, el 72,2% pide cambio. Frente a Frigerio, el 58,3%. Hay catorce puntos de diferencia, lo cual indica que el gobernador todavía conserva una base de apoyo mayor que la del Presidente. Pero el 58,3% que pide cambio del gobierno provincial es un número muy alto para un gobernador con apenas dos años y medio de gestión y un año y medio todavía por delante.
Y acá conviene leer la política en clave de gestos, que es donde se anticipan los movimientos antes de que aparezcan en los papeles. Hace ya algunas semanas que en Paraná se observan, con creciente atención, ciertos desplazamientos del gobernador que no encajan con la coreografía habitual del aliado disciplinado: declaraciones que toman distancia de algunas medidas nacionales, reuniones con dirigentes de otros espacios, una agenda provincial que vuelve a hablar en su propio nombre. Nada definitivo, todavía, pero suficiente para que los delegados libertarios en Entre Ríos miren con desconfianza creciente cada movimiento del gobernador. Saben leer las encuestas, saben leer los gestos, y saben que un gobernador que ve hundirse el barco al que decidió subirse hace dos años empieza, naturalmente, a mirar el bote salvavidas.
Volvamos al cálculo inicial. Frigerio apostó al alineamiento. En términos económicos, la apuesta no le pagó: no hay obra pública extraordinaria, no hay asistencia financiera diferenciada, no hay siquiera la deferencia política que un aliado disciplinado podría esperar. Y en términos de imagen y gestión, la asociación con la Casa Rosada empezó a operar como pasivo: el desgaste de Milei se está derramando, ya sin intermediación posible, sobre el gobernador. Lo que en algún momento fue lectura estratégica empieza a parecerse, mirando los números, a un mal negocio. La pregunta que queda abierta —y que las próximas mediciones empezarán a responder— no es ya si el gobernador acusa el derrame, sino qué piensa hacer con un alineamiento que prometía rentabilidad y, hasta acá, le ha entregado sobre todo facturas.
Lic. Nahuel Baridon - Director Eje Consultora